Probabilidad y anomalía
Los números no mienten, pero tampoco dicen la verdad
El baseball es llamado con frecuencia el deporte más estadístico de todos.
Con justa razón. La temporada regular de la MLB tiene 162 partidos. Cada uno con nueve entradas (alta y baja, o sea, visto de otra forma, dieciocho), cada una con tres outs, cada out con 3 strikes, y cada turno al bat con un promedio de bateo para el bateador y un montón de estadísticas para calcular el promedio de bateo en contra para el pitcher.
Y luego el promedio de todos los promedios juntos. Es todo números. Se supone.
La serie mundial del 2025 se definió, a gusto (o mucho disgusto) de este autor, en dos momentos.
El primero vino en el juego 6.
Los Blue Jays iban arriba en la serie 3 a 2. Pero el partido estaba 3 a 1 favor Dodgers y en la baja de la novena, parecía que se nos iba.
Entonces Addison Barger vino al bat.
Barger había anotado la única carrera de la noche para los Blue Jays, y ahora se enfrentaba al pitch de Roki Sasaki, que había entrado apenas en la octava. Aunque Sasaki no había permitido carreras aún, acababa de regalar una base al golpear a Alejandro Kirk con un pitch.
Myles Straw, uno de los jugadores más rápidos del equipo, esperaba en primera, relevando a Kirk que destaca por muchas cosas, pero no por su velocidad.
1-3, baja de la novena, hombre en primera, 0 outs.
Barger al bat.
Primer pitch, ¡bam! Pero nada. Foul.
0 bolas, 1 strike.
Segundo pitch, 1 bola, 1 strike.
Tercer pitch, ¡bam! Nada. Foul. 1 bola, 2 strikes.
Cuarto pitch. 2 bolas, 2 strikes.
Quinto… PUM.
La bola salió disparada del bate de barger a unos casi perfectos 45°. Recto por el centro sobre el pitcher, sobre segunda, entre y por encima de los jardineros. No se iba, pero el coach de tercera base le decía que siguiera corriendo y de pronto el marcador estaba empatado a 3.
En casa estabamos flipando.
3-3 para cerrar, con 0 outs.
El campeonato estaba en la bolsa.
Pero había algo raro.
Porque el batazo de Barger fue casi perfecto, pero no suficiente para volarse la barda, entonces, verlo correr las cuatro bases era ya una sorpresa.
Y si lo vimos correr las cuatro bases fue, en parte, porque los dos jardineros de Dodgers se quedaron congelados un instante. Alzando las manos sin moverse, viendo la bola atorada como estaba justo entre la barda y el pasto.
¿Qué reclamaban? ¿Tenía fundamento?
Después de un instante, recogieron la bola como de costumbre, a toda prisa, y la enviaron a las bases correspondientes, pero ya era muy tarde. Según yo.
Evidentemente ellos conocían las reglas mejor que yo.
Resulta que cada campo en la MLB tiene cierto set de reglas. A diferencia de la mayoría de los deportes que me vienen a la cabeza, el baseball no tiene campos estandarizados.
Existen ciertas variaciones en medidas, alto de las bardas, y tipo de terreno.
El campo de los Cubs en Chicago, por ejemplo, tiene una barda cubierta por una enredadera.
Mientras que se ve padrísimo, puede no ser lo más conveniente para el juego de baseball. Pues si una bola se atora entre las plantas, se califica como “injugable”, y esto ocasiona una regla que se llama “doble por regla de terreno”. Esta regla otorga al bateador y todos los corredores en base, dos bases automáticas, pero no más. Todo esto lo sé porque lo tuve que buscar para entender lo que acababa de suceder.
Al atorarse la bola entre la barda y el campo, los jugadores de Dodgers la reclamaban como “injugable”, y tras revisión de los umpires, se confirmó así.
Pero también aprendí que si no la reclamaban y en cambio la jugaban con prisa, la regla no se hubiera mantenido. Así de cerca estuvo la cosa.
Va de vuelta pues.
Dos bases normalmente serían muy buenas. Pero hoy se sentían como un golpe bajísimo. En lugar de dos carreras y un marcador empatado, teníamos solo un hombre en segunda y tercera. De nuevo, una buena posición y una posibilidad no muerta pero sí lastimada, porque lo que siguió se sintió como la inercia de esa mala pasada.
Cambio de pitcher para los Dodger, entra Glasnow.
Siguiente pitch, out fácil.
Luego una bola, y al siguiente, un out de aire tan rápido que no dio tiempo a Barger de regresar a segunda, ponchándolo también en el doble play que daría fin al juego seis, mandándonos a un maldito juego siete.
Y quién sabe qué hubiera pasado, ¿verdad?
Para empezar, no podemos saber si Barger hubiera corrido todas las bases si no se hubieran detenido los jugadores de Dodgers a reclamar.
Quizá sí, y la inercia hubiera jugado entonces a nuestro favor, con la siguiente carrera llegando inmediatamente después, y coronándose así campeones.
O quizá los jardineros lo hacían de maravilla y lo ponchaban en esa misma jugada.
Quizá solo se ponía en base y no entraba ni una carrera más.
Quizá nos hubiéramos ido a entradas extra y en extras nos hubiéramos quedado con exactamente el mismo resultado.
O no sé.
Muchos “hubiera” se me ocurren. Literalmente cualquier cosa podría pasar habiendo visto lo que acabábamos de ver.
Y de nada sirve tratar de hacer matemáticas de los “hubieras”. Pues en palabras de Arthur Ashe, “Todo lo que sucede en un juego afecta a lo que sucede después”.
Entonces no hay materia más esteril que tratar de hacer sentido de lo que hubiera pasado si lo que pasó hubiera pasado diferente. Namas nos gusta sufrir.
Lo curioso aquí, y a lo que viene todo esto, es que tampoco podemos hacer muchas matemáticas con lo que si paso.
Porque mientras que un “doble por regla de terreno” es relativamente común. Puede ocurrir de un sinfín de maneras distintas, y todo variando de acuerdo al sinfín de tipos de campo que hay en la liga. Sin embargo, la manera particular que pasó esta vez, es una absoluta anomalía.
En el baseball, “el deporte más estadístico de todos”, podemos ponerle número a casi cualquier eventualidad. Pero no a esta.
No hay un número promedio de bolas atoradas en la liga entera. Lo cual es entendible por la variedad de campos que platicamos antes. Sería mucho más común en el Wrigleys de los Cubs que en el Rogers Centre de los Blue Jays.
Entonces el promedio no sería “justo”, por decirlo así.
Pero tampoco hay un número oficial estimado por campo.
Solo gente en Reddit que asegura haber visto todos los partidos de la historia y que solo han visto algo como esto una o dos veces. Seguro son fans de los Blue Jays y están en tanta negación como yo.
Pero no hay otro número para probar lo contrario.
No hay una estadística en el mundo que nos indique la probabilidad de que una bola lanzada a tal velocidad sea impactada por un bateador con tal fuerza que salga volando tantos metros en una trayectoria precisa para aterrizar no arriba ni abajo de la barda sino justo en medio y que la fuerza de empuje sea suficiente para que penetre y se quede ahí, muerta.
Puede ser que la haya. No creo. No encontré.
Solo este video que lo califica como un evento de uno en un millón. Pero aun así, creo, estos fenómenos no son acumulativos. Podríamos intentarlo un millón de veces más y no estar más cerca o más lejos de que pase otra vez.
Es una anomalía, y las anomalías son binarias. Pasan o no pasan. Y listo.
Mi teoría es que el baseball lo sabe, y por eso no guarda número de esto.
El segundo momento que definió la serie mundial del año pasado fue, obviamente, el último.
A ver, pues no estoy descubriendo el hilo negro.
Que el juego se defina en la última jugada, en baseball, no es especialmente raro.
No es lo más común tampoco, pero es suficientemente viable para que todos los fans lo estemos esperando. Todos los niños que sueñan con ser beisbolistas, sueñan con batear el último home run de la última entrada del último juego de la temporada. Ser eternos héroes con un “walk off homerun” en la serie mundial.
Pero no fue el caso de este juego, que se definió en la última jugada, pero de una forma que ni el deporte “más estadístico” puede contabilizar.
El juego siete había iniciado 3-0 favor Blue Jays, pero para la alta de la novena, las cosas se empataron a 4, y al final de la última entrada, la balanza no quería moverse.
Así nos fuimos a entradas extra, y en la diez no pasó nada.
Pero en la alta de la once, con dos outs encima, Will Smith mandó la bola 366 pies por encima de todos hasta las gradas. 5-4 favor Dodgers.
Inmediatamente después vino el tercer out, y si los Blue Jays querían seguir con vida, había que anotar puntos de inmediato.
Y así respondió Vladi Guerrero Jr, que con 3 bolas y 2 strikes, mandó un sexto pitch que le venía a 96 millas por hora, de vuelta al jardín izquierdo para correr hasta segunda base.
“Vamos” gritaba al dugout, agitando las manos, prendiendo al equipo, al Rogers Centre, a Toronto, a Canadá, a mi hermano y a mí que lo veíamos desde Cancún.
Ni una persona capaz de ponerse de pie estaba sentada en este momento.
Isiah Kiner-Falefa al bat. De inmediato un toque de sacrificio, tomando el out para poner a Vladi en tercera.
Entra Barger.
En cuatro pitches, cuatro bolas, y Barger a primera.
Hombre en primera y tercera. Y qué hombres.
Cardiaco. Pero se veía posible.
Más con Alejandro Kirk acercándose al bat.
Los Blue Jays firmaron a Alejandro Kirk en 2016, proveniente de los Toros de Tijuana por un bono de 7,500 dólares. Tras varios años brillando en los equipos de desarrollo, el tijuanense fue invitado a las mayores en septiembre de 2020. Mismo mes en que marcó su primer home run con el equipo, terminando el año con un promedio de .375 al bat en nueve partidos.
Esta noche, a cinco años de su llamado, Kirk es una máquina. Una pieza vital del equipo. Y esta serie mundial, a mi gusto, el mejor. Obviamente estoy sesgado. Pero qué.
En estas condiciones, ver al Tijuanense acercarse al plato se sentía como ver al superhéroe llegando al momento preciso al final de la película. Como una promesa. De pronto la serie mundial no era solo posible, era probable.
Un buen hit era todo lo que necesitábamos. Y tras una bola y un strike, vino un tercer pitch a 92 millas por hora y lo escuchamos.
CRACK, se escuchó el batazo.
Pero la bola no voló ni bien ni muy lejos.
El tamaño del golpe y del sonido no equivalía a la trayectoria de la bola.
Después lo vimos. El bat partido a la mitad en el piso, y los Dodgers celebrando la victoria ante un Rogers Centre mudo.
Kirk había soltado semejante mandarriazo con la intención de volarla, de vivir para siempre un héroe.
Y quién sabe si lo hubiera hecho. Quién sabe qué hubiera pasado si el bat no se hubiera roto. Igual la bola hubiera volado al estacionamiento, o igual se hubiera ido más bien a la zona de foul o directo al guante del shortstop y el resultado hubiera sido el mismo.
Hubiera, hubiera, hubiera.
Quien sabe. De nada sirve imaginar. Bueno sí. Sirve pa sufrir.
Porque el bat sí se rompió y de un doble play se nos quitó toda la risa.
¿Pero lo mas raro?
En mi duelo busqué respuestas.
¿Por qué se rompió ese bat? ¿Cómo no lo vimos venir? ¿Cómo no le dieron un bat más nuevo o menos salado? ¿Cómo lo pudimos haber prevenido?
A ver, si de todo se guarda estadística en el beis, y el bat roto es relativamente común, cómo no se toma un promedio de cada cuanto pasa y se cambia de bat antes de que suceda.
Pero no es así. En mi búsqueda, no encontré un dato oficial del número de bats rotos por temporada. Solo que la de 2008 fue la que más tuvo, y que a partir de ahí se hicieron cambios en la forma de fabricarlos para entregar bats más seguros, reduciendo el porcentaje de bats rotos en un 50%, según. Pero tampoco dicen cuantos.
No encontré nada con fuentes dignas. Pero encontré este video que explica qué tiene que pasar, físicamente, para que se rompa un bat.
Entonces entendí que un bat roto en la MLB tampoco es cuantificable. No es acumulativo, pues. Es un fenómeno que sucede o no sucede. Aunque mucho más común que lo anterior, aún una anomalía.
Y esta vez sucedió en el peor momento. Y el único número que de ahí saldría sería un tres en la cuenta de outs, un nueve en los campeonatos para los Dodgers.
El fin de la temporada 2025, una de las más memorables del siglo, y prueba viva de que por más números que existan, por más que se les analice, por más innegables que resulten... la historia la escriben las anomalías.
En fin,
Gracias por leerme
Eugenio








Así es, en la vida como en lo deportes, la historia la escriben la anomalías....