Juegue
De las traes a los Juegos Olímpicos
Mi mamá siempre ha tenido una obsesión con la luna. Un día, de chico, me sacó de una fiesta de cumpleaños para mostrarme lo grande y redonda que se veía. Me subes y la pateo, le pedí. Mi obsesión al momento era el fútbol, y aun no entendía de distancia y percepción, pero entendía que redondo = balón = posibilidad de gol.
Después entré a la escuela y casi todo lo que aprendí, lo aprendí en el recreo. Nunca más volví a meter tanta vida en 30 minutos. Y aunque los que brillaban en clase y los que brillaban en el patio casi nunca eran los mismos, al sonar el timbre valía la pena haber venido. Al salón, a la escuela, al mundo.
Más no todo el tiempo en clase fue perdido. Recuerdo la moraleja de algunas de nuestras lecciones. Por ejemplo, que existen distintos tipos de inteligencia:
Lingüística
Lógico-matemática
Espacial
Musical
Interpersonal
Intrapersonal
Naturalista
Cinestésico-corporal
Ya que te fueran a servir de algo era otra cosa.
Sin embargo, era padrísimo leerlas escritas en el pizarrón y tratar de escoger la que mejor te encasillara. Como un horóscopo de cuánto éxito te esperaba en la vida.
Si eras lógico matemático, nadie se preocupaba por ti, al final el mundo llevaba 150 años acomodándose a tu ritmo. Pero cuidado si salías intrapersonal, o peor aún, naturalista.

Estaba claro que algunas de estas “inteligencias” tenían un mayor índice de éxito que otras. Y aunque algunas otras no eran del todo una condena, si te obligaban a soñar más fuerte.
Por ejemplo, el niño musical tenía que hacer de todo si quería ser el siguiente Juan Gabriel. Y aún así quién sabe. Y el niño cinestésico-corporal tenía que empezar a entrenarse ahora si quería ir a las olimpiadas o jugar en las Chivas. Y de nuevo, aún así, quién sabe.
Por eso, si para cierta edad no se veía por dónde, más valía tener otra opción. Algo más de dónde agarrarse. Alguna otra inteligencia que te hiciera funcional en sociedad.
Yo por eso escribo. No es que pague mucho, pero en la oficina no hay recreo donde sirvan mis habilidades cinestésicas. Entonces para ganarse el pan, toca poner en venta la inteligencia lingüística.
En la escuela aprendí también que el juego es parte primordial del desarrollo de las especies, incluyendo a los humanos. Que los niños aprenden y se benefician muchísimo a través del juego que, ya sea organizado o sin organizar, es una forma natural en que como especie interactuamos con nuestros pares y con nuestro ecosistema.
Pero de qué servía todo esto si para aprenderlo tuve que estar bien sentado, en silencio, copiando notas del pizarrón.
Más aún, ¿me estaban tratando de decir que esta urgencia de salir a patear un balón, de taclear a un compañero, no era otra cosa que un instinto animal?
A mi me faltaba algo.
Más grande leí Homo Ludens, donde Johan Huizinga explica cómo el juego antecede la cultura.
Como por siglos el humano jugó en total libertad, y conforme el juego tomaba forma, iba creando reglas y costumbres y tradiciones y sociedad.
Y aunque en el libro peca de occidentalista, colonialista, y muchas más razones para ser funado, la investigación es buena. Sabiendo leer entre líneas, podemos encontrar que el juego siempre ha estado. Tanto o más que la música, tanto o más que el arte y las matemáticas.
Ha estado incluso antes de tener reglas y formas. De hecho, argumenta, el juego en sí no debe de tener reglas. El objeto único del juego debe ser el juego en sí mismo.
Pero entonces qué es el deporte, sino una rama organizada del juego.
Y bajo la misma lógica, qué es entonces la música, sino una expresión sonora del juego.
Si el juego no es más que una exploración del ambiente con el fin único de jugar, qué es entonces la pintura sino lo que pasa cuando generaciones y generaciones de humanos juegan con los pigmentos de las flores y la sangre y su interacción con las superficies. ¿Qué es la danza? ¿Qué es el arte? ¿Me explico?
Y así quise seguir tratando de hacer tesis de por qué el deporte debía vivir en el mismo reino animal que el arte. Pero me faltó teoría, me faltó caché.
Me hace falta leer más para argumentar con fuentes confiables, o que me lean más para que me crean cualquier cosa que diga.
O quizá solo me faltó la elegancia de Taiga Hasegawa, a quien conocí en televisión estas Olimpiadas de invierno, y se convirtió en uno de mis atletas favoritos.
Venía representando a Japón en snowboard y finalmente se llevó una de plata. Pero eso no era lo que me importaba.
Hasegawa traía el mejor flow, con el pantalón más baggy del evento amarrado a medio muslo y un bailecito bien gen alpha al final de cada corrida. Pero no era eso tampoco.
No sé mucho de snowboard. Lo probé por primera vez hace un invierno y aunque me parece divertidísimo, aún paso más tiempo de rabo en la nieve que deslizando en ella. Para mi, entonces, todos se veían impresionantes.
Lo que me atrapó vino mucho antes, pues cuando lo elegí entre mis favoritos, apenas se preparaba para su primera corrida. Y no fue por nada que hiciera ahí entonces, sino por lo que diría la comentarista.
Mientras Taiga Hasegawa saludaba a la cámara en ese breve espacio donde los presentadores introducen a los atletas, la comentarista dijo su nombre, un poco de su pedigree deportivo, y finalmente recordó una cita del joven japonés:
“I’m not a competitor, I’m an expressionist“ (No soy un competidor, soy un expresionista)
—Quizá se traduciría mejor a ‘no soy competitivo, soy expresivo’—
De inmediato entendí en esa frase lo que llevaba años buscando.
Me metí a investigar por todas partes dónde o cuándo lo había dicho. De dónde había sacado tremenda barra que a mi me habría costado mil doscientos artículos. Por qué la comentarista la citaba con tal casualidad y no como quién cita a Shakespeare o a Obama.
Resulta que el chamaco nacido en 2005 no la dijo en su tesis, ni en su biografía, ni en una conferencia de prensa montada por sus agentes. No.
Lo dijo casual en un post de Instagram que tuve que escarbar para encontrar. Pero lo hice porque no me podía quedar sin saber de dónde venía esto que para mi era un grial de sabiduría. La pieza que me faltaba. Un elegante resumen de lo que llevaba años tratando de explicar.
Que el juego y el deporte en general sí son todo esto que nos dice la academia. Si, si, muy bueno para el desarrollo integral y muy interesante como fenómeno social.
Pero también es algo más.
Algo más simple.
Quizá una forma de ver el mundo, quizá un lenguaje en sí mismo. Una forma humana de expresarse.
Tal vez viéndolo así, podríamos entender distinto a un niño que no quiere hacer la tarea ni tocar la flauta, pero que hay que jalarle la oreja para sacarlo de la cancha de fútbol.
Tal vez los patinetos que se juntan por tu calle no son todos unos vagos. Tal vez solo ahí sienten que alguien más los puede entender.
Pese a lo que puedas creer, yo NO compito en Olimpiadas. Increíble, lo sé. Pero a la fecha no puedo darme el lujo de llamar mis caídas en snowboard una forma de expresión.
Sin embargo las palabras de Taiga Hasegawa resonaron profundo en mi corazón.
Pienso en Messi, si, que no puede poner tres frases juntas en una entrevista pero hace magia con el balón. Pero también pienso en mi amigo Diego de primaria, que nunca terminó la escuela pero era una amenaza en quemados.
¿Qué habría tratado de decirnos si hubiéramos sabido escuchar? No lo sé. Solo sé que en clase de educación física lo quería en mi equipo, y en geografía, en el otro.
Además el que me conoce sabe que yo, a diferencia de Hasegawa, si soy bien competitivo.
Mal perdedor y peor ganador.
Pero no es a propósito, lo juro. Me encantaría dejar de ser así. Pero mientras trabajo en todos esos traumas que me hicieron tan ardilla, no quiero dejar de jugar.
No importa cuantos corajes haga cuando me rebasa otro en bicicleta, ni cuanto me arda que nos anoten un try. Eventualmente se me pasa y solo quiero una cosa: Volver a jugar.
Y ahora entiendo un poco más por qué.
Por qué me urgía patear un balón o la luna. Por qué antes de abrazar a mis amigos me dan ganas de taclearlos. Por qué invito más gente a mi casa en el Super Bowl que en navidad.
Porque a veces me explico escribiendo, pero la mayor parte del tiempo y mejor, me expreso jugando.
En fin, gracias por leerme. Así ya no tengo que taclearte a ti.
--Eugenio
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Me mueven tus palabras y tu sentir. Gracias por el tiempo que le dedicas a escribir, compartir, expandir....
Es cierto lo de Diego y los quemados. A veces perdía a propósito para no quedarme uno a uno contra él, del miedo a recibir un balonazo meteórico. Grán artículo, gracias por compartir.