"Demistificaron" el mundial
¿Qué necesidad?
Nací en el 96. Naturalmente, algunas de mis primeras posesiones estuvieron brandeadas del mundial de Francia 98.
Los recuerdos aún no. Nadie tiene recuerdos a los dos años. Pero cuando empezaba a hacer memoria, por la casa todavía volaba aquel icónico pajarraco azul.
Me acuerdo particularmente de un vaso que lo traía pintado pisando la bola como Zizou. Y de una playera que vivió el ciclo de cualquier playera salida de un promocional. No era de nadie, era de la casa. Y tal vez al principio se usó como playera, pero para cuando llegó a mis recuerdos ya era pijama comunal. Después se convirtió en trapo sin dueño tampoco. Y si en mis recuerdos el pájaro es un poco menos azul, es porque se fue descolorando poco a poco de esa playera.
De lo siguiente no me acuerdo yo, pero me lo cuentan.
Tenía un balón. No el balón oficial. Uno del super con banderitas de todos los países. Que lo quería como un niño se apega a su mantita o a su oso de peluche. Y que me lo ponchó un coche en no sé que fiesta. Que fue un drama enorme y que yo estaba inconsolable. No se me quitó el berrinche hasta que fuimos al mismo super a buscar entre las albercas de pelotas por uno igual. Cuando por fin mi mamá lo encontró, yo ya no lo quería. Había escogido otro. Uno todo amarillo con la bandera de Brasil.
Para Corea-Japón ya tenía algo de memoria, y lo que es más, afición. Había elegido bien mi equipo cuatro años antes. El Brasil de 2002 hacía a cualquiera amar el futbol. Buen ojo. Me acuerdo del balón de ese año también. El oficial. Padrísimo. Ese si lo tuvimos en casa. Primero el pirata (perdón, replica), y luego un primo nos regaló el original. Un lujo. Estos balones duraron mucho más, pero eventualmente también se poncharon. Al menos para esa edad ya entendía un poco más que la muerte de un balón es también parte de la vida.
Alemania 2006. Ya mi primer álbum Panini. Cambiar estampitas y los nervios de regalarle alguna (repetida) a una niña del salón.
En Sudáfrica 2010 nos dejaron salir temprano de clases para ver el partido inaugural de México. El golazo de Tshabalala. Quince pubertos en el tercer piso de la casa de uno de nosotros. Su papá le había puesto luces y sonido para el mundial. Manejaba un M5 y una vez había llegado de Mérida a Cancún en dos horas, según la leyenda. Luego se rompió esa familia y mi amigo no habló más de su papá.
De Brasil 2014 no hablamos. En parte porque ya iba en prepa y es mejor no recordar nada de esos días. Y en parte porque no era penal (pero la verdad, Rafa pudo haber jugado mejor la bola).
Lo que si puedo decir, en cambio, es que doloroso como fue, fue el último mundial que me supo a algo.
Rusia y Qatar son uno mismo en mi memoria. Y quizá tiene que ver más conmigo que con el evento. Pero también creo que entre 2014 y 2018 empezó a consolidarse el efecto AirBnB en el mundo. El mismo café con otro nombre en cualquier ciudad. Una GoPro por cada viajero. La “demistificación” del mundo en primera persona por videos en redes.
¿Y qué tenía de malo lo místico?
A ver. Ni a mi ni a El Chanfle nos gusta quejarnos. Así que no le llames queja. Llámale observación cultural.
Pero en dos de cada tres historias que contaba mi papá a la hora de la comida mencionaba el México 70 o el México 86. Si no como el centro de su temática, al menos como un punto de referencia, como contexto histórico. Cada mundial me había servido a mi también para recordar etapas de mi vida en bloques de cuatro años. “Imagínate lo que será vivir uno,” pensaba.
En cambio hoy a mi me toca estar no en uno, sino en dos de los tres países sede de esta edición, y el único hype que veo a mi alrededor es en las bolsas de Sabritas. Y ya ni me gustan las papas.
Fuera de eso, el único emocionado es mi amigo que recientemente quedó soltero y tiene esperanzas de hacerse de una novia coreana para el partido del 18 de junio. Por aquí estaré reportando.
Quizá mi percepción está toda distorsionada. Quizá la emoción de antes vivía en mi y soy yo el que se está ponchando. A lo mejor soy parte del problema.
Pero desde que nos transmiten el mundo en vivo a cada minuto en tiempo real, un mundial, una olimpiada, o un YouTuber que le da la vuelta al mundo en bicicleta, no se sienten como más que otra pieza de contenido. Otra cosa que compite por nuestra atención.
Existe un sentir general de been there, done that que por supuesto es mentira. Pero parece que no, porque nos la creemos.
Creemos haberlo visto todo por haberlo visto en el teléfono y ya nada es tan asombroso. Y al mismo tiempo sabemos (o decimos saber) que nada es como se ve en redes. Pero pues al fin… ya lo vimos.
Lo importante ya no es vivir la historia, sino ser el que la cuenta.
Por eso un boleto a cualquier partido este mundial cuesta doscientas cincuenta veces más que en el 98. Pero ningún niño va a acordarse de la mascota de este torneo.
Más no me creas nada. Que bien sé que no hay emoción más engañosa que la nostalgia. Y sería necesario dejar de extrañar un balón ponchado para mejor armar la reta aunque solo haya una lata que patear.







